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Los castigos, ¿son necesarios en la educación de nuestros hijos?

(Ten post po polsku tutaj).

Hoy otro poco de reflexión de madre: los castigos. La verdad es que es un tema que creo que puede dar para mucho, así que me va a ser difícil ir al grano y no enrollarme y es muy probable que me queden cosas en el tintero.

Una vez más mencionaré a Carlos González y las citas suyas que incluya en esta entrada también serán de su libro Creciendo juntos. He de decir que no es que lo que escribe me haya abierto los ojos, sino más bien confirma lo que yo ya pensaba, por si tenía dudas, después de ver en tantas películas y series de televisión a padres castigando a sus hijos sin postre, sin salir, sin ver la tele, sin consola… ¿De verdad esto tiene efecto? Personalmente, no lo creo. ¿Por qué? Porque a mí mis padres nunca me castigaron y la verdad es que yo me siento muy orgullosa con el modo de educarme que tuvieron mis padres (ojalá pueda hacerlo la mitad de bien con Antek): nunca me he metido en líos chungos, nunca he probado el tabaco, nunca he probado ninguna droga, el alcohol lo consumí porque algo tenía que caer, pero fui consciente en el momento en que empezaba a pasarme, decidí poner freno al asunto y lo puse. Además, soy respestuosa, tolerante y nunca le hago a nadie daño a propósito (todos podemos hacer daño sin querer y eso es normal). Creo que soy bastante trabajadora, aunque tampoco en exceso, también tengo mis momentos vagos. En fin, que creo que por no castigarme no crearon un monstruito, por lo tanto mi postura es anticastigos, como ya supondríais.

Carlos González también empieza su capítulo sobre los castigos explicando que a él tampoco lo castigaron nunca y que él tampoco ha castigado a sus hijos. No obstante, una página más adelante menciona que sí recibió castigos, en la escuela, y me parece muy curioso lo que comenta:

“Sí que recibí castigos en la escuela. Algunos deberes extra, algunos reglazos, algunos minutos sin recreo. No recuerdo que ninguno de esos castigos me impulsase a portarme mejor; al contrario, cuando sentía que el castigo era injusto, cuando por ejemplo castigaban a toda la clase por un jaleo en el que yo no había participado, pensaba ‘ahora tengo derecho a hablar en clase, porque ya he pagado el precio’. Por cierto, lo de poner deberes extra (una redacción, cinco multiplicaciones…) como castigo nunca lo he entendido. Un castigo, por definición, debe ser algo malo. Y los deberes se supone que son buenos (o al menos eso opinan los profesores que ponen deberes; yo no estoy muy seguro). ¿Cómo puedes pretender que los alumnos hagan los deberes contentos, si al mismo tiempo les estás diciendo que es un castigo? No se puede castigar a los niños a hacer los deberes, como no se les puede castigar a leer, a comer fruta o a recoger la habitación, porque les estaríamos diciendo que esas cosas son malas.

Tampoco me impulsaban los castigos a respetar más al profesor. Siempre preferí a los profesores que no castigaban. Muy pronto me di cuenta de que los mejores profesores no castigaban, porque sabían imponer su autoridad sin recurrir al castigo. Los mejores no necesitaban ni siquiera gritar, amenazar o reñir; simplemente los respetábamos.”

Por otra parte, la relación de los castigos con la comida merecería una entrada diferente, del mismo modo que mereció un libro diferente por parte de Carlos González (Mi niño no me come, que también recomiendo a toda madre, tanto si tiene el problema como si no, de hecho lo ideal es leerlo antes de que el niño empiece con la alimentación complementaria, aunque creo que también puede ayudar mucho después). No obstante, dejo aquí la mención que hace en Creciendo juntos, por si alguien quiere empezar a reflexionar sobre el tema:

“Un último ejemplo: la comida. (…) Cuando su hijo no quiera comer, pues que no coma. Y así experimentará las consecuencias: dentro de unas horas, tendrá más hambre. Si no ha comido, ya merendará, o ya cenará. Pero, una vez más, eso no es una técnica de modificación de conducta. O, al menos, no de modificación de la conducta del niño. Porque la conducta del niño es la correcta: si no tengo hambre, no como; si tengo hambre, sí como. Si todo el mundo hiciera lo mismo, habría en el mundo mucha menos obesidad y mucha menos anorexia y bulimia. Es la conducta de los padres la que era inadecuada, es absurdo hacer comer a un niño que no tiene hambre o poner el abrigo a uno que no tiene frío”.

Sé que hay muchos padres que tienen miedo de que su hijo no coma suficiente e intentan obligarlo a comer cuando no quiere, creando las típicas escenitas de la cuchara avión, de “venga, venga, que se lo va a comer Menganito”, de poner dibujos para que coma sin ser consciente de que come… Cuando probablemente lo mejor sería dejar que no comiera. Más tarde tendrá hambre. Si más tarde puede comer, comerá. Si no puede, entenderá que tenía que haber comido más antes y quizá lo entienda para la próxima ocasión. Lo bueno que tienen los niños en este aspecto es que no viven bajo presiones sociales o siguiendo horarios como nosotros. Ellos no saben que por la mañana hay que desayunar, al mediodía comer y por la noche cenar. No saben que es posible tomar algo a media mañana o para merender. ¿Cómo entienden ellos esto? Tengo hambre, como; no tengo hambre, no como. Realmente tiene lógica. Los horarios, las palabras como “desayuno”, “comida”, “cena”, surgieron de la necesidad de crear un horario para las comidas porque no se podía comer en el trabajo (mientras se trabajaba), o al menos eso es lo que yo me imagino. Pero realmente lo natural es comer cuando tenemos hambre y, tal y como dice Carlos González, si así hiciéramos todos, habría menos obesidad y menos anorexia. Bueno, había dicho que no me extendería con el tema de la comida y menudo párrafo que me está quedando… Así que lo dejo aquí.

Para terminar, dejo un último párrafo de Carlos González, en el que habla del perdón, que ya he puesto en mi muro de facebook. Por si alguien no lo ha visto:

“¿En qué libro moderno sobre educación de los hijos han leído que se les pueda perdonar? Todo lo que yo leo trata de venganzas, digo ‘castigos’, digo consecuencias, o, en el mejor de los casos, de otras técnicas de modificación de conducta, de estrategias destinadas a lograr que el hijo obedezca, que no repita su falta. ¿Realmente modificar la conducta de nuestro hijo es más importante que quererlo con locura?”

Y una viñeta que he sacado del grupo polaco de facebook “Ocenianie zabija potencjał“:

[Traducción: Hijo, cuando seas mayor, me gustaría que fueras asertivo, seguro de ti mismo y valiente. Pero ahora, mientras eres pequeño, quiero que seas pasivo, educado y sumiso.]

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2 comentarios sobre “Los castigos, ¿son necesarios en la educación de nuestros hijos?

  1. Ala, que emoción, otro comentario, ji ji ji. Gracias Sally!! A ver cuando nos haces una visita!! 😀 (Acabo de darme cuenta de que cuando te respondí a este comentario, el mismo día que lo hiciste, lo hice en un comentario nuevo, en vez de hacerlo como respuesta al tuyo… ay…)

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