Maternidad·Niños·Reflexiones

"Tienes que compartir"

(Ten post po polsku tutaj).

“Tienes que compartir” es una frase que desgraciadamente se dice con mucha frecuencia. Normalmente es un adulto el que se lo dice a un niño, incluso a aquellos de edad muy temprana (incluso a niños que todavía no tienen un año y, por lo tanto, es imposible que la entiendan).

En esta frase veo el mismo problema que veo en muchos otros aspectos relacionados con la educación de los niños: la falta de empatía (sobre la que hablé también en esta entrada).

¿A qué me refiero? ¿Por qué menciono ahora la empatía? Pues porque hay que entender que el niño no entiende la palabra “compartir”, por lo tanto cuando le quitamos algo con lo que estaba jugando, si todavía es demasiado pequeño, no llorará “porque es un egoísta que no quiere compartir sus juguetes”, si no por que no entiende por qué se lo han quitado y encima piensa que no se le va a devolver. Se trata de lo mismo que hace que los niños lloren cuando se separan de sus padres (al principio no saben que sus padres van a volver). Con los juguetes pasa lo mismo. Por eso un niño, cuando se le obliga a compartir en edades tempranas, llora o grita o aparecen las famosas rabietas, porque no entiende qué ha pasado y tampoco sabe cómo expresar cómo se siente (lo cual ni él mismo entiende tampoco).

Por otra parte… “Hay que compartir”. ¿En serio? ¿De verdad tenemos que decir “hay que”? ¿Acaso nosotros los adultos lo compartimos todo? Imaginemos una situación: llega un amigo y nos dice que necesita el coche, tú le dices que “no, lo siento” (te inventas una excusa o dices simplemente que tú el coche no lo prestas, que si de verdad necesita ir a algún sitio si eso lo llevas tú). Pero llega tu pareja, te quita las llaves del coche de la mano mientras dice “venga, venga, que hay que compartir” y se las da a tu amigo. ¿Te puedes imaginar esta situación? No tiene sentido, ¿no? Pues para un niño pequeño tampoco tiene sentido que les quitemos algo que es suyo para dárselo a otro. Compartir debe ser algo que salga de uno mismo, no algo impuesto por otra persona. Alguien pensará “hombre, no es lo mismo un coche y un juguete”, y ahí estamos otra vez con la falta de empatía. Para un niño pequeño ese juguete puede ser muy importante, él todavía no tiene un coche o una casa o un ordenador portátil, él tiene juguetes que para él pueden ser más valiosos de lo que a nosotros nos puede parecer. Los adultos no lo compartimos todo, ellos tampoco deberían ser obligados a compartirlo todo porque eso no tiene sentido: el mundo no funciona así y lo sabemos.

“¿Entonces cómo le enseño a compartir?”. Pues con el tiempo lo aprenderá solo, como casi todo. Además, si queremos ayudar, podemos dar ejemplo y… ¡prestarle nuestras cosas! Porque, parémonos a pensar, ¿cuántas veces le prohibimos que coja nuestras cosas? “Deja mi móvil en su sitio, tú tienes ahí el tuyo”, “mis llaves”, “mi libro”, “mi plato”, “mis zapatillas”… ¿Con qué frecuencia les dejamos coger nuestras cosas? Vale, no podemos dejarles coger todo, hay muchas que pueden estropearse o pueden ser peligrosas, pero hay muchas otras que no le prestamos porque al final los egoístas somos nosotros, sin ni siquiera darnos cuenta (no digo que lo hagamos con malas intenciones). A Antek le encanta coger mis zapatillas y mis zapatos y recorrer con ellos la casa. A veces le echa un vistazo a mis libros (pronto se da cuenta de que son aburridos y los deja) y le encanta coger nuestros cubiertos (son más brillantes que los suyos de plástico). Estos pequeños gestos pueden ser un ejemplo para él de que “compartir” no significa dar y que es posible usar algo que es de otra persona sin que eso deje de ser de la otra persona. De hecho ellos mismos querrán jugar con los juguetes de sus amigos y valorarán el hecho de que sus amigos se lo permitan, y aprenderán que compartir merece la pena. El hecho de que puedan “no aprender a compartir” no debería preocuparnos, si tienen suficientes ejemplos de gente que comparte alrededor, ellos también compartirán. Yo, personalmente, no he hecho nada especial para enseñarle a Antek a compartir y sin embargo lo hace y comparte sus cosas (no todas, pero eso no me preocupa, de hecho me parece incluso importante, que haya aprendido que algunas cosas se comparten y otras no; insisto: los adultos tampoco compartimos todo).

Creo que forzar a los niños a que compartan, además, puede ser contraproducente y provocar situaciones como la del niño que vuelve de la escuela sin el bolígrafo nuevo que le habíamos comprado o sin esa chaqueta tan bonita y tan cara que le regalaron sus tíos. “Es que a mi amigo le gustó y me la pidió prestada, ¡así que se la presté!” (Claro, porque ¡hay que compartir!) No penséis que exagero, esta situación no me la acabo de inventar, es una anécdota real.

En resumen, desde mi punto de vista, con frases del tipo “hay que compartir” no solo no les enseñamos nada bueno a los niños, sino que además no les enseñamos algo real, no los preparamos para la vida real, porque nadie hace eso, ¡nadie lo comparte todo! Podemos explicarles que “vale la pena compartir algunas cosas” y otras no (podemos poner ejemplos incluso, como el cepillo de dientes u otras cosas más personales que son valiosas para nosotros). Esta sí es una lección que queremos que aprendan nuestros hijos, ya que queremos que además de ser generosos sepan también valorar lo que tienen y no lo vayan regalando al primero que se lo pida.

En cuanto a nosotros, los adultos, yo diría que “hay que pensar” antes de decir ciertas cosas a los niños, porque ellos lo entienden todo al pie de la letra, por lo tanto tenemos que tener mucho cuidado con las cosas que pueden ser mal interpretadas. Creo que está bastante claro que “hay que compartir” no es una frase del todo correcta, sobre todo porque no es cierta, y si lo hacen podrán surgir situaciones como la que ya he comentado. Compartir merece la pena, pero también hay que saber que hay cosas que merece la pena no prestar, que conviene que sean solo nuestras y/o de aquellos con los que tenemos un vínculo especial, si queremos 😉

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