Mi experiencia·Personal·Reflexiones

Mi mejor dieta sin efecto yoyó

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Creo que en la vida hay distintos tipos de personas en lo que se refiere a la alimentación: están quienes comen fatal y a pesar de todo se mantienen delgados y con buen tipo y están quienes comen fatal y tienen sobrepeso u obesidad. Luego están quienes no comen super bien, pero tampoco fatal, y están delgados y quienes no comen super bien, pero tampoco fatal, y tienen sobrepeso u obesidad. Yo creo que siempre he estado en este último grupo.

A día de hoy soy consciente de que siempre he tenido algunos hábitos alimenticios que no eran del todo saludables, pero cuando me comparo con los hábitos alimenticios que tenían muchos compañeros del cole o hábitos que tienen hoy en día muchos niños, creo que mi alimentación de niña no estaba nada mal.

Sí, me gustaban los dulces y sí, tomaba bastantes galletas, aunque muchas menos de las que yo quería 😉 Pero en mi casa se hacían comidas sanas, el postre era siempre fruta (excepto los domingos), mis meriendas eran bocadillos y yogures o fruta (no eran bollería y gusanitos)… Lo que yo bebía era agua, hasta el punto de que los zumos y las bebidas con gas no me gustaban (bueno, los zumos naturales exprimidos en casa sí). No probé una hamburguesa de Mc Donalds hasta los 21 años.

Además, nunca llevé una vida sedentaria. De pequeña iba a clases de baile gallego, bueno de pequeña y de mayor porque fui durante unos diez años; a estas también le sumé en los últimos años del cole las clases extraescolares de baloncesto, que me encantaban; más tarde empecé a ir a un gimnasio, costumbre que me duró durante muchos años hasta hoy. El baile me encanta y he probado casi todos los estilos (excepto el ballet y el flamenco, puedes preguntarme por otros a ver si hay más que no haya probado). Cuando iba a la playa era de esas niñas que podían estar dos horas metida en el agua sin salir, nadando, jugando con pelotas… Vamos, una niña normal.

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Teniendo en cuenta que no tenía una vida sedentaria y que mi alimentación no era tan mala como la de otros muchos niños, siempre me costó entender por qué yo era gorda y los demás no. A veces pensaba que era una cosa de mi metabolismo. A día de hoy pienso que quizá el fallo estuviera en muchos alimentos que desde siempre se han considerado sanos (como las galletas María o los cereales de desayuno) que en realidad no lo son.

En general estoy muy agradecida de que gracias a mis padres yo bebiera agua y nunca zumos ni bebidas con gas; estoy agradecida de que los Bollicaos (que todos mis amigos comían en el recreo) a mí me parecieran asquerosos (lo único que me daba pena era no tener las pegatinas que todos tenían); estoy agradecida de que nunca me llevaran a un McDonalds, siempre o comíamos en casa o íbamos a un sitio donde se comía bien, no basura. Todo lo que mis padres pudieron darme en su día, que a lo mejor a día de hoy crea que no era tan sano, sé que me lo dieron con su mejor intención y que en aquella época no había internet (¿os imagináis hoy en día la m(p)aternidad sin internet? Yo, personalmente, no. Ni la maternidad, ni el vivir en el extranjero, ni mi trabajo…) por lo tanto el acceso a la información era infinitamente menor del que tenemos hoy en día.

Hoy la información a la que tenemos acceso es tan grande que en muchas ocasiones nos encontraremos con consejos que no deberíamos seguir, pero ahí ya somos nosotros quienes tenemos que aprender a distinguir dónde está la buena y la mala información; qué fuentes son fiables y cuáles no. Personalmente creo que en muchos casos el sentido común es suficiente para darse cuenta.

Volviendo a mi experiencia, a pesar de que en comparación con muchos de mis compañeros y amigos, así como en comparación con los niños de hoy en día, mi alimentación no estaba tan mal, yo tenía sobrepeso o, como decía entonces, era gorda.

Total, que como era de esperar, llegó el día en que me puse a hacer una dieta. La primera que recuerdo la hice con mi padre (a la primera foto ponle unos pantalones y camiseta en vez del vestido y pon la foto en blanco y negro, y tendrás a mi padre en su infancia). Era una dieta en la que había que comer solo cremas. La odiaba. Al medio día tenía que tomar una sopa cremosa de verduras y de postre compota de manzana con queso fresco y nueces. Para cenar, lo mismo. Como imagináis, le cogí tirria a las sopas cremosas de verduras, a la compota y al queso fresco. A las nueces no, hay cosas a las que no se les puede coger manía 😉

El principal problema que le veo a esta dieta es el hecho de que haya que comer todo en plan crema. ¿Por qué cremas? ¿Por qué no esas verduras cocinadas de otra forma? ¿Es para que las odies? Además, hoy en día sé que desde que comes hasta que empiezas a sentirte saciada pasa un rato, y por esa razón es mucho mejor comer comida que hay que masticar, masticar bien, tranquilamente, comer despacio… porque de ese modo es posible que sientas la saciedad mientras aun comes y puedas parar. Si comes sopas o triturados, los comes tan rápido (no hay que masticar, solo tragar) que cuando terminas (mucho más rápido que si hubieras masticado) sientes que te sigues muriendo de hambre 😦 No, esta no fue mi mejor dieta y por supuesto tuvo efecto yoyó.

La siguiente que recuerdo me la dio un endocrino, y recuerdo que tenía que comer más de lo que comía normalmente, lo cual para mí era muy raro. ¿Tengo que comer más de lo que como para adelgazar? Yo no comía nada a media mañana y este me mandaba comer ni más ni menos que un bocadillo. Empecé a comerlo y reconozco que me gustó y el bocadillo me sabía a gloria 😛 Quizá sí que lo necesitaba. Pero bueno, quitando un par de kilitos que bajé las primeras semanas, la cosa siguió como estaba y encima me acostumbré a comer una comida más al día.

Durante una temporada no hice más dietas, hasta que ya con 18 años, fui a un médico que era dietista y homeópata, al que estaba yendo mi padre y estaba adelgazando mucho. Fui a probar suerte también, pero como coincidió justo antes de mi viaje de Erasmus a Polonia, tan solo llegué a ir un mes. Ese mes adelgacé muchísimo, pero cuando paré mi peso se disparó de tal manera que debí de engordar como unos 10 o 15 kilos (sí, efecto yoyó)… Esa fue la etapa más gorda de mi vida, parecía que alguien me había soplado por el ombligo y me había hinchado como un globo.

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Así me puse durante la beca Erasmus 😛

No obstante, cuando volví de la beca Erasmus con ese nuevo cuerpo-globo, volví a ese mismo médico a hacer la misma dieta (no sé por qué, cuando el efecto yoyó que había tenido era tan obvio). Esta consistía en no mezclar no sé qué alimentos que era mejor no juntar en las comidas, por lo tanto, mejor que explicarnos cuáles no mezclar era más fácil darnos una tabla con lo que teníamos que comer exactamente cada día, en el desayuno, la comida y la cena (aquí no había meriendas, ni de media mañana ni de tarde).

Una cosa curiosa de esta dieta es que de lo que él nos daba podíamos comer la cantidad que quisiéramos (a no ser que estuviese especificada), con lo cual recuerdo muy bien un día que tenía que cenar sandía y me tomé yo sola media sandía. Con esta dieta adelgacé en dos meses 14 kilos.

Tenía que seguir adelgazando, me faltaban 6 u 8 para alcanzar mi meta (no tener sobrepeso), pero tuve que dejarlo porque me empecé a obsesionar. Teníamos que ir una vez a la semana a su consulta, a pesarnos y a coger la dieta de la siguiente semana: en una ocasión en la que en vez de adelgazar había engordado dos kilos me eché a llorar en la consulta.

Al menos el médico aquí creo que actuó muy bien, me dijo que era mejor que hiciésemos un descanso de la dieta, que me daría unas pautas y que yo fuese comiendo lo que quisiera siguiendo sus pautas, pero que dejase de pensar en la dieta y en la báscula.

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Esta tampoco fue mi mejor dieta, poco a poco fui recuperando los kilos que había perdido… (otra vez el efecto yoyó).

Más tarde hice otra dieta, con una dietista-nutricionista. Esta era mucho más llevadera, las cosas que me daba para comer me gustaban. Tenía media mañana y media tarde. E incluía dulce (eso sí, tenía que ser integral o de dieta, pero como también me gustaba me daba igual). Esta la llevaba mucho mejor, pero adelgazaba mucho más despacio, claro. Esta la hice creo que solo un mes, porque entonces me fui a Polonia (esta vez a trabajar).

En Polonia seguía pesándome con cierta regularidad y cuando veía que subía de peso intentaba volver a alguna de las dos últimas dietas. Si había subido un poco, a la de la dietista-nutricionista, si mucho a la del homeópata.

Esto duraría unos 7 años. Hasta que un día…

Un día decidimos que íbamos a ponernos por fin a intentar tener un hijo. Yo, con mis problemas de espalda, decidí que no iba a ser muy bueno para ésta que a mi sobrepeso le añadiese unos kilos más, así que me puse en serio a intentar adelgazar. En 4 meses bajé 4 kilos. Me parecía que estaba bien, ya que mis intenciones no eran adelgazar rápido, sino bien y sin efecto yoyó.

A partir de esos 4 meses ya no seguí adelgazando, porque fue cuando me enteré de que estaba embarazada (no esperaba quedarme tan rápido, la verdad, nos quedamos en un mes).

Entonces empecé a cuidar más lo que comía y a comer menos cantidades, más veces al día. Tenía que comer así porque era lo que me pedía mi cuerpo. Me llevaba al trabajo bocadillos (en los que siempre tenía que tener una rodajita de tomate o algo verde como lechuga) y fruta (me hinché a mandarinas, plátanos y manzanas, que era lo que me resultaba más fácil para comer entre clase y clase).

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En breve dejé de hacer la tontería de “acabarme lo que tenía en el plato”, que siempre he hecho, porque cuando lo hacía tenía unos dolores de barriga espantosos y lo pasaba fatal. Así que empecé a escuchar a mi cuerpo. Tenía hambre, comía; no tenía hambre, no comía. Si estaba comiendo y me sentía saciada, paraba, aunque todavía hubiese comida en el plato.

No recuerdo cuánto engordé en el embarazo exactamente, creo que fueron entre 11 y 14 kilos (a los 7 meses había engordado 11 exactos). Yo me sentía bien y eso era lo que me importaba.

Tras dar a luz, el primer mes fue complicado. Era una novata total y todavía no había leído a Carlos González ni a Julio Basulto. Así que al principio nada más que comía cosas sin grasa, cocidas… Una tortura que me hacía mi marido que estaba convencido de que era necesario para que el niño no tuviera cólicos. Bueno, también es cierto que al principio la dieta me la pusieron en el hospital por la cesárea de urgencia que me tuvieron que hacer.

Con la super dieta que me puso mi marido más el estrés en sí de tener a una personita pequeña recién nacida a mi cuidado, 100% dependiente de mí, en un mes había perdido todos los kilos ganados en el embarazo menos dos.

¿Y después, qué pasó? Yo seguía intentando comer bien, sano, por mi hijo, ya que le estaba dando el pecho. Para quienes dicen que dar el pecho engorda…

¿Y después? Después leí Mi hijo no me come, de Carlos González y Se me hace bola de Julio Basulto. Me los leí antes de empezar con la alimentación complementaria. Los libros seguro que ayudan si tienes ese problema que mencionan en el título, pero lo ideal es leerlos antes para evitar que surja el problema.

Con estos dos libros aprendí mucho, pero lo más importante que aprendí fue que si quería que mi hijo comiese sano, yo tenía que comer sano. Y así empecé a seguir todos los consejos de Julio y Carlos (muchos obvios, pero que no sé por qué razón parece que necesitamos que nos los digan, nos los repitan y nos los den escritos en un libro antes de empezar a seguirlos…)

Empecé a comer sano, para enseñar a mi hijo a comer sano, porque se enseña con el ejemplo, no con la coacción, las amenazas, los premios o los castigos.

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No voy a mentir, mi dieta todavía no es ideal, todavía como muchas cosas que espero eliminar de ella (o consumir mucho menos), pero mi dieta es muchísimo mejor de lo que era antes de tener a mi hijo. Las cosas menos sanas las como cuando él duerme, y como cada día duerme menos… 😉

A lo mejor a alguien le parece un poco decepcionante el final de este post. Quizá alguien se esperaba una dieta genial, milagro, con la que podría adelgazar esos kilos que le sobran y no volver a recuperarlos… Bueno, pero es que esta dieta es así. Después de perder en el primer mes todos los kilos del embarazo menos dos, luego, con mi forma de comer más sana que antes, gracias a mi hijo, he perdido 6 kilos más. A lo mejor no parece mucho, pero si tenemos en cuenta que antes de quedarme embarazada yo había adelgazado 4 kilos, resulta que a día de hoy peso 10 kilos menos del que había sido mi peso durante unos 7 años.

Sigo teniendo sobrepeso, pero no tanto. Tengo 10 kilos menos de los que tuve durante muchos años y me siento genial. Además, no he hecho nada especial para adelgazar, como normal, como cuando tengo hambre, intento comer más sano y punto. Como menos dulce, intento hacer más dulce en casa y he aprendido a hacer muchas recetas sin azúcar (endulzadas con frutas como plátano o pera, o con uvas pasas o dáctiles), con harinas integrales… Comemos más avena, espelta… Y fruta, fruta y más fruta (que ahora mismo es lo que más le gusta a mi hijo).

A veces ni siquiera comemos mucho, porque en seguida quiere levantarse e ir a jugar, y yo descubro que ya no tengo hambre. O sea, que en realidad no tengo por qué seguir comiendo. Ejercicio hago lo que puedo, voy al gimnasio cuando el tiempo y mi hijo me lo permiten, y cuando no, mi hijo es mi gimnasio y lo es desde que ha nacido (coge, apoya, coge otra vez, acúnalo, baja el carro del primer piso, sube el carro al primer piso, sal con el fular -levantamiento de pesos con movimiento 😉 -, corre detrás de tu hijo… en fin, un gimnasio 24 horas).

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Lo único que me da pena de esta historia, es haber necesitado tener un hijo para ser por fin consciente del tipo de dieta que tenía que haber llevado. De que no tenemos que “hacer dieta”, sino “cambiar la dieta”. Basta con cambiar los hábitos para adelgazar y no volver a engordar.

En fin, más vale tarde que nunca 😉

 

 

Si te ha gustado este post, quizá te guste también conocer mi experiencia en el colegio como “niña gorda” y como afectó esto en mi vida adulta:

De una ex-gorda/vaca/foca/chapona.

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13 comentarios sobre “Mi mejor dieta sin efecto yoyó

  1. Me encanta como escribes! Me enganchas hasta el final. Y eso que no es un tema que me suela interesar, tengo la suerte de poder comer de todo y seguir en mi peso.
    Enhorabuena por el post! Y por decidirte a seguir una dieta racional y saludable para dar buen ejemplo a tu hijo. 😊

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  2. Esto de la dieta es complicado, ninguna es milagrosa creo yo, lo mejor es, como bien dices, aprender a comer, intentar que sea sano pero nunca renunciar por completo a los caprichos porque creo que eso a la larga genera ansiedad. Si tú te sientes bien contigo misma y no hay problemas de salud detrás, creo que no hay un número de quilos que debas pesar, eso me parece una tontería. Me ha encantado leer este post. Un besote!!

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    1. Claro, es que la mayoría de las dietas que hacía al prohibir, cuando me libraba de ellas o le agarraba a algo lo comía con ansiedad. Así volvía siempre al peso de antes o más. Desde que comer mejor ha sido una decisión consciente, no basada en “querer adelgazar” sino simplemente en querer llevar una vida más sana, la cosa va mucho mejor. De hecho ya no me peso con frecuencia, tengo la báscula llena de polvo 😉 Gracias por pasarte y comentar! Un beso!!

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    1. La verdad es que el dulce le pierde, igual que a mí… 😦 Pero bueno, con no tenerlo en casa ya está (no tenerlo en un lugar que conoce 😛 porque a veces sí tengo para tomar cuando duerme…) La verdad es que se vuelve loco con las galletas y el chocolate… Pero como no lo come con frecuencia, en casa disfruta mucho comiendo fruta y cuando vamos a la tienda me suele decir que compremos plátanos, mandarinas… No suele pedirme que compremos galletas o chocolate, lo cual es curioso y un alivio.
      Gracias, yo después de haber pesado 10 kilos más también me siento muy bien ahora 😉

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  3. ¡Enhorabuena por los quilos perdidos! A mi el embarazo también me está haciendo comer mejor, sin embargo ya llevo 17 quilos cogidos aunque lo cogí casi todo al principio y ahora subo de peso más lentamente. Yo creo que el metabolismo sí que tiene mucho que ver, y lo que dices de la ansiedad, claro.

    Yo al quedarme embarazada estaba en una dieta muy estricta para perder peso así que aunque intenté evitarlo tuve muchas tentaciones al principio.

    Tomaré tu ejemplo y leeré esos libros que recomiendas. A ver si me resulta como a ti, que yo no quiero ser modelo, solo sentirme mejor.

    ¡Que paséis unas felices fiestas!

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  4. Me encanta este post 👏👏 como todos. Qué bonito escribes!! (Te lo he dicho alguna vez? 😜) me enganchas de principio a fin.

    Seguimos teniendo paralelismos, yo no fui al McDonalds hasta que me fui a vivir a Sevilla para la universidad y probé los macarrones a los 12-13 años. Eso sí siempre me ha perdido el dulce!!! Recuerdo que mi madre nos dejaba desayunar donuts los sábados por la mañana y soñaba con ese momento 😋

    A pesar de los años no he conseguido dejar de lado mi afición al dulce y encima ahora también soy muy fan de la comida basura 😩😩😩

    Nunca he sido capaz de hacer dieta, me gusta demasiado comer. Esto siempre lo he compensado con un poco de ejercicio (aunque tampoco me mato, para que nos vamos a engañar 😜)

    La conclusión del post es fantástica: comer sano. Ese es el mejor aliado y uno de mis propósitos (no cumplidos) cada año 😂😂😂

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    1. Gracias!! Me encanta que te encante!! Yo quizás también te había dicho ya esto jeje.
      A mí también me pierde el dulce, no creas, es lo que más tiempo me está llevando desintoxicarme, jajaja. Aunque con los dulces integrales y sin azúcar lo llevo bien, me encantan, aunque no siempre tengo tiempo o ganas de hacerlos 😉 Yo también era fan de los desayunos de fin de semana, croissant o algo de la pastelería, jajaja.
      Pues para comer dulce y comida basura te mantienes muy bien, yo siempre que me he salido un poco de la dieta recomendada he engordado.
      Yo también he hecho siempre algo de ejercicio, también sin matarme, pero con cierta constancia. Cuando más constante fui fue cuando iba a clases de baile, casi una cada día, jajaja. Me flipa bailar y las clases de baile. No voy desde el tercer mes de embarazo 😱
      Yo sí he sido capaz de comer mejor desde que está Antek. Decidí hacerlo por él y cuando las cosas las hago por él me cuestan menos 🙂

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  5. “Lo único que me da pena de esta historia, es haber necesitado tener un hijo para ser por fin consciente del tipo de dieta que tenía que haber llevado.” Pena? Menuda alegría! Hay personas que no se dan cuenta en toda su vida y siguen de dieta en dieta.

    Me ha parecido genial la historia, totalmente de acuerdo con lo expuesto y ojalá muchas más personas sean conscientes del tipo de dieta ideal, que no es más que un estilo de vida saludable.

    Y como bien dices, son obviedades que hoy nos tienen hasta que escribir en un libro para que seámos conscientes de que debemos de comer cuando tenemos hambre y dejar de comer cuando nos saciamos.

    Un saludo y espero que todo siga genial!

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    1. Gracias por pasarte y por tu comentario, me alegra que te haya gustado el post y la conclusión 🙂 Tienes razón, hay gente que ni al tener un hijo se da cuenta, así que puedo estar contenta, aunque todavía no lleve del todo el tipo de alimentación saludable que me gustaría, pero poco a poco 😉

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