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El concepto del Continuum. En busca del bienestar perdido

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En busca del bienestar perdido, nunca mejor dicho. Ahí estoy yo, en busca del bienestar perdido, aquel que tenía antes de que Antek llegase a la aDOSlescencia. Ese bienestar que ingenuamente pensé que no perdería, ese bienestar que ha desaparecido y se niega a volver. ¿Por qué? Pues la verdad es que este libro lo explica super bien… Pero aunque ahora lo entiendo mejor, todavía no he logrado recuperarlo del todo, aunque estoy en ello…

El concepto del Continuum me lo recomendó una buena amiga y además lo vi recomendado en blogs que me gustan, como Marujismo y De mi casa al mundo, así que me pareció que tenía suficientes razones para añadirlo a mi carta para los reyes magos. Si me sigues ya sabes que me lo trajeron, junto con Amor con ojeras, y a finales de enero empecé a leerlo.

Entre que ahora mismo no logro encontrar mucho tiempo para mí y que el libro es mucho más denso que los libros de crianza que estaba acostumbrada a leer (de Carlos González y de Julio Basulto), tardé más o menos 3 meses en leerlo. Pero la verdad es que el par de páginas que leía cada día me hacían reflexionar tanto que a veces pienso que casi mejor haberlo degustado poquito a poquito.

Si bien el libro suele aparecer en la categoría de crianza, yo creo que lo pondría también en la de psicología, bienestar, sociedad… Creo que lo haría un libro de lectura obligatoria, y es que de verdad me parece que explica muy bien por qué hemos perdido esa sensación de bienestar y, en cierto modo, nos hemos convertido en unos gruñones y quejicas compulsivos (hablando en plata…) ¿Por qué, entonces, aparece en la sección de crianza? Pues porque como todos los problemas, este también comienza con el principio de los tiempos (que diría Manolito Gafotas), y ese principio es la infancia…

El libro surge a raíz de las expediciones que realizó su autora a la selva sudamericana, en la que convivió durante varios meses, en cinco expediciones diferentes, con indios de una tribu yecuana allí asentada. Durante sus estancias y su convivencia con dicha tribu, empezó a ser consciente de que había mucho que nos diferenciaba de ellos no solo a nivel tecnológico o de conocimientos, sino a nivel psicológico, emocional: un abismo. En el primer capítulo, “Cómo cambiaron mis ideas de una forma tan radical”, nos cuenta precisamente varias anécdotas en las que muestra cómo los yecuanas son, con creces, personas muchísimo más felices y más sanas psicológicamente que cualquier persona del mal llamado “mundo civilizado”. En este post os dejaba una de ellas, una de las que más me impactó.

Tras ese capítulo, cargado de anécdotas en las que demuestra claramente cómo los yecuanas son mucho más felices que nosotros y tienen una actitud frente a la vida que les permite disfrutarla pase lo que pase, menciona cómo después de fijarse en estos comportamientos de los adultos empezó a fijarse en los niños. Los niños eran casi “niños modelo”, niños que no lloraban, que no tenían rabietas, que no escapaban, que no se hacían daño ni se acercaban a los peligros… Parecían niños perfectos. ¿Cómo era posible?

Para muestra, un botón (o tres, o cuatro, o…) No hay necesidad de estudios que digan esto o digan lo otro, profesionales, pediatras, matronas… Solo la observación, cómo se hacen las cosas durante la primera infancia en estas tribus y cómo se hace en el “mundo civilizado”. Y así sigue el libro, con un montón de anécdotas sobre cómo se hacen las cosas allí, comparadas con cómo se hacen aquí; es decir, qué es lo que se debería hacer según nuestra naturaleza como especie animal que somos y qué es lo que no se debería hacer, porque va en contra de nuestra naturaleza y le provoca un cortocirtuito a cualquier bebé que, sin tener conocimientos de las absurdas costumbres que hemos concebido con el paso de los años en un intento de hacer caso a nuestro intelecto antes que a nuestro instinto, no es capaz de entender por qué no lo cogen cuando llora, por qué no lo alimentan cuando tiene hambre o incluso por qué ponen mala cara cuando ha hecho caca…

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Algunas anécdotas que me impresionaron de verdad fueron las de bebés que nunca se caen en un hoyo enorme y profundo al lado del cual gatean, simplemente porque su instinto de supervivencia les hace alejarse de él; o las de niños pequeños que juegan con cuchillos afilados, arcos y flechas, sin hacerse daño nunca, porque nadie le ha dicho que tenga cuidado o que se va a cortar, haciéndole creer no solo que eso puede pasar, sino que debe pasar (porque el adulto siempre tiene la razón).

Por mencionar uno de los efectos que ha tenido el libro en mi crianza, te diré que después de leer estas anécdotas, hice de tripas corazón y dejé de decirle a Antek palabras como “cuidado”, “puedes caer”, “eso es peligroso” y similares en momentos en los que de verdad me parecía que se iba a caer y que lo que estaba haciendo era peligroso y, ¿sabes qué ha pasado? Ha pasado de caerse constantemente durante todo el día y darse golpes totalmente absurdos a no caerse prácticamente… Y las pocas veces que se cae suele levantarse y seguir tan pancho o echarse a reír (antes venía a llorar para que lo consolara).

El libro nos muestra cómo debería ser la crianza si queremos que los niños sean adultos sanos, felices, sin frustraciones o resentimientos… Por supuesto no todo lo que muestra parece posible hoy en día, desgraciadamente. Si bien hay aspectos que me parece que son fáciles de seguir, como hacer colecho, portear, confiar en su instinto de supervivencia, etc.; también hay otros aspectos que son más difíciles de conseguir porque no consisten en el tipo de crianza que llevan a cabo los padres, sino toda la comunidad, y esa es la parte más difícil de conseguir en nuestro “mundo civilizado”. Niños pequeños que crecen en presencia de niños grandes, que observan hacia dónde van, qué es lo que podrán hacer en un futuro no lejano, que tienen contacto constante con otros niños de otras edades, tanto mayores como más pequeños, niños grandes que cuidan de los pequeños (en lugar de empujarlos en los parques sin casi darse cuenta de su presencia, como suele pasar por aquí…) Es una crianza que se realiza en comunidad. Porque somos una especie animal que va en manada, aunque con el tiempo se nos haya olvidado y hayamos convertido la crianza en algo que se hace en soledad o se deja en manos de otros…

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El libro no tiene pérdida, es absolutamente impresionante, lleves el tipo de crianza que lleves. No es un libro con consejos, no es un libro que pretende explicarte cómo criar a tu hijo, es un libro que simplemente nos explica qué es lo que necesitan los niños según nuestra naturaleza como especie animal y cuáles son las consecuencias que puede tener no seguir esa naturaleza y hacer oídos sordos. Además, me encanta que no pretende juzgar a quienes no hacen las cosas como se debería, ya que considera que es así simplemente por desconocimiento:

Creo que la gran mayoría de padres quieren realmente a sus hijos y que solo les privan de unas experiencias tan esenciales para su felicidad porque no tienen ni idea de que están haciéndoles sufrir. (Jean Liedloff, El Concepto del Continuum)

Me parece una lectura obligatoria de manera que, elijas el tipo de crianza que elijas, al menos seas consciente de cuáles serán sus consecuencias.

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4 comentarios sobre “El concepto del Continuum. En busca del bienestar perdido

  1. Leí este libro hace bastantes años, cuando estaba en la universidad, y recuerdo que me pareció muy interesante pero como lo tuve que diseccionar para hacer un trabajo de antropología y por aquel entonces la idea de ser madre era algo de una galaxia muy muy lejana, voy a tener que leerlo de nuevo.

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  2. Ya tengo apuntado el libro, me han entrado unas ganas tremendas de leerlo después de leer tu post. Muchas gracias por compartirlo.
    Hay algunas reflexiones que deberíamos hacernos, fíjate que esos niños que manipulan objetos peligrosos sin apenas supervisión no les ocurre nada. Apenas nos damos cuenta de que los niños tienen una sabiduría interior y un instinto de supervivencia que les hace medirse ante las situaciones de peligro. Sin duda debe ser un libro muy interesante. A los padres nos cuesta mucho dar libertad a los hijos para que hagan, tenemos ese afán de controlarlo todo… últimamente por mis circunstancias estoy trabajando mucho sobre ésto, por eso me ha llamado la atención la lectura de este libro.
    Un abrazo.

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    1. La verdad es que a veces es por controlarlo todo y a veces simplemente por miedo… Hoy Antek se ha puesto a hacer equilibrios en una barra que estaba a más de un metro de altura y a mí casi se me sale el corazón del sitio… Deseaba confiar en él, pero me paralizaba el miedo de que se cayera y se hiciera daño… De todos modos, cuando no puedo soportar el miedo, le digo que yo sé que él puede, pero necesito que baje porque a pesar de que confío en él, siento mucho miedo. En ningún momento le digo que creo que se va a caer.
      Un abrazo.

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