Anécdota · Crianza consciente · Maternidad · Reflexiones

Mi hijo, mi espejo

mi espejo
La semana pasada fuimos al parque con un amiguito que aun no tiene dos años. Jugaron a su manera, como pueden jugar dos niños que se llevan más de un año de edad en un momento en que la manera de jugar de uno y de otro se diferencia tanto… es decir, que jugaron corriendo, que es una de esas cosas que en ambas edades les encanta hacer 🙂

Se lo pasaron muy bien y se rieron mucho. La verdad es que yo me sentí muy feliz viéndolo tan contento. Desde que regresamos de casa de Os Avós siento que lo veo feliz en menos ocasiones que antes, así que ahora siempre que lo veo así me alegro más aún de lo que ya me alegraba normalmente.

No obstante, hubo un momento en que su amiguito cogió un palo y lo empezó a mover de tal manera que golpeó o casi golpeó a Antek en varias ocasiones. Entonces, Antek, con mucha dulzura y con una sonrisa le dijo: “Ten cuidado, no me golpees con ese palo porque me puedes hacer daño” y me miró sonriente y con una complicidad que creo que si hubiese sabido cómo hacerlo me habría guiñado un ojo.

No me di cuenta hasta mucho más tarde, reflexionando sobre cómo había ido el día, de cuán positivo había sido este pequeño gesto…

Mi hijo, mi espejo, había tenido una reacción tan dulce, tan tranquila, tan calmada, pidiéndole a su amiguito que no hiciese algo que no le gustaba…

Mi hijo, mi espejo, el que me mostraba una y otra vez todos esos aspectos que yo debía mejorar en mí, cuando me pedía las cosas a gritos, cuando cerraba el cajón de un golpe, cuando tiraba un juguete con rabia… Me enseñaba todos esos automáticos míos en los que yo necesitaba trabajar. Y yo sabía siempre que aquello que me molestaba de él en realidad lo había aprendido de mí (o de su padre, que tampoco va a ser mía toda la culpa, jeje).

Mi hijo, mi espejo, ese día me devolvió un reflejo hermoso, un reflejo en el que no me mostró todo lo que debo cambiar sino que ese cambio ya está ahí, floreciendo en él y en mí. Pude ver que ese cambio que perseguía ya está teniendo lugar hasta el punto de que él también lo está absorbiendo…

Y además he visto su seguridad, su confianza en sí mismo. No vino corriendo a mí, como hacía siempre (legítimamente, pues yo era su defensora y lo seguiré siendo siempre que me necesite y pueda defenderlo), sino que decidió ser él quien hablase, decidió defenderse a sí mismo, y además lo hizo con buenas palabras y con calma.

No, no le devolvió el golpe. No, no le quitó el palo. No, no le dijo que no iba a jugar más con él… Le pidió que no le volviese a golpear y le explicó por qué.
ninos amigos
Además, me di cuenta de que hace ya semanas, cuando nos ponemos nerviosos o le hablamos en un tono que no le gusta, nos pide que nos tranquilicemos, o nos dice que no le gusta que le hablemos así.

A lo mejor a alguien se le ocurre pensar que esto no es bueno, que es una falta de respeto… Yo, sin embargo, tengo una interpretación muy diferente: Ha aprendido qué es lo que merece y qué es lo que no. Ha aprendido a pedir que no le hablemos cuando estamos nerviosos, a pedirnos que nos tranquilicemos. Ha aprendido a decirnos que algo no le gusta… A aprendido a pedirnos que lo tratemos con respeto. Mi hijo de 3 años ya es capaz de saber qué merece y qué no, y de pedirlo.

Hay muchos adultos que todavía no son capaces…
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