Crianza consciente · Maternidad · Reflexiones

Seamos como niños

 

seamos como ninos

Esta semana, al salir de una cafetería después de tomar un café con algo dulce con Antek, entré en uno de esos “trances” míos en los que empiezo a reflexionar sobre algo y no puedo parar… En este caso le tocó a la incapacidad que tenemos los adultos para aceptar/soportar el comportamiento de los niños en ciertas situaciones… Comportamiento que, si es casi el mismo en todos los niños de todo el planeta, será por algo, digo yo: porque es lo normal y lo natural, y nosotros intentamos ir en contra de su naturaleza, como tantas otras veces. No tuve estas reflexiones por mí y por Antek, más bien porque cuando salíamos de la cafetería entró una señora con la que tuvimos “bronca” la última vez que fuimos, o debería decir que tuvo la bronca mi amiga, porque yo con la excusa de no hablar bien alemán me quedé al margen (tampoco me apetecía discutir con una señora con la que sabía que no tenía ningún sentido discutir porque pensamos de forma totalmente diferente, es imposible que lleguemos a un acuerdo y, encima, es super desagradable e irrespetuosa…)

El caso es que a la señora le molestó mucho el comportamiento del hijo de mi amiga en la cafetería (habla muy alto, a veces corre, en un momento en el que se sintió mal empezó a llorar…) Yo soy capaz de entender que puedan molestarle ciertas cosas, lo que no entiendo es que desde la primera “llamada de atención” suya hacia el niño lo haga ya con el mal humor y la agresividad con los que lo hizo… Podría entenderlo si lo hubiese pedido al principio con educación, no se le hiciese caso y, a consecuencia, fuese aumentando su mal humor… Pero no, esta señora ya desde el principio empezó con una agresividad que a mí me sorprendió bastante… Además, se dirigió a los niños directamente (¿Perdona? Si tienes algo con mi hijo, me lo comentas a mí, que mi hijo no tiene por qué hablar con desconocidos). Incluso se le ocurrió decirnos que deberíamos estar en un parque (era un día de pleno invierno, fuera hacía muchísimo frío y estábamos no solo con dos niños pequeños sino también con dos bebés a los que hay que dar el pecho sin que se nos congele…) En fin, no quiero “perder más tiempo” describiendo esta situación…

El caso es que esta semana justo entraba esta señora en la cafetería cuando Antek y yo salíamos de ella y su presencia hizo que recordase un poco todo lo que había pasado y tuviese las reflexiones que me apetece compartir hoy en este post…

Empecé a pensar sobre cómo la gran mayoría de los adultos se siente infeliz y miserable durante la mayor parte del tiempo, mientras que la gran mayoría de los niños se siente feliz y plena durante la mayor parte del tiempo… Y sobre cómo durante toda la infancia de los niños, todo el mundo se empeña en que sean más como los adultos… Y entonces yo me pregunto… ¿queremos que sean infelices y miserables?

ninos felices

Parece como si quisiéramos apagar esa chispita que tienen, esa que les hace sonreír y maravillarse por todo, esa que les hace pararse a observar el vuelo de una mariposa, o una mosca, o la marcha en fila de las hormigas; esa chispita que los impulsa a lanzarse a pisar un charco, a jugar con el agua mientras se lavan las manos, a maravillarse con el hielo, los arcoiris o la nieve; esa chispita es la misma que les hace llorar ante lo que los adultos vemos como “una tontería”, y de la misma manera que se maravillan de una forma que nos cuesta comprender, también se entristecen a unos niveles que no podemos entender… Y se nos ocurre decirles que “no pasa nada”, cuando para ellos sí que pasa… No queremos oír sus gritos, sus llantos, queremos apagarlos a cualquier precio, incluso si es al precio de hacerles reprimir sus emociones… Y reprimiendo acaban reprimiendo todas: las “malas” y las buenas… Parece como si quisiéramos criar robots… Porque esa misma chispita que tanto nos gusta cuando los vemos fascinados con los fuegos artificiales es la chispita que salta cuando se enfadan por algo que no les ha gustado; esa chispita que les hace adorar el vuelo de la mariposa es la misma chispita que les hace correr dentro de un supermercado…

Los niños no tienen desarrollada la parte del cerebro que se encarga de la inhibición… No es que hagan las cosas “para fastidiar” o “porque son unos maleducados” o porque “no saben comportarse”, simplemente siguen sus instintos y su naturaleza y no son capaces, biológicamente, de seguir las reglas absurdas que nos hemos empeñado en crear (¿por qué no se puede correr en un supermercado pero sí en una calle? ¿por qué hay que hablar bajo en la terraza de un bar pero otros pueden fumar a mi lado y echarme el humo que detesto? ¿por qué tengo que estar triste cuando muere una persona pero olvidarme pronto cuando muere mi mascota?)

En las últimas semanas me he dado cuenta de que llegada la tarde-noche, Antek entra en un estado que parece de locura transitoria que a mí me desquicia por completo… Empieza a correr por casa, a saltar, a darme golpes, a hablar super alto… Da igual que le digamos que le hace ruido a los vecinos corriendo y saltando, que me hace daño cuando me da golpes, que no hace falta que nos grite porque estamos a su lado… Parece como si nada le llegase al cerebro, como si fuese incapaz de escucharnos… Parece que se convierte en un pequeño loquito… Y entonces a mí la situación se me hace insoportable… Me apetece incluso decir que él está insoportable… Pero realmente, ¿es él el insoportable o soy yo la que no es capaz de soportarlo? Porque yo creo que simplemente yo no soy capaz de soportar una energía que me sobrepasa… En estos momentos me encerraría en una habitación a esperar a que se le pase…

ninos y primavera

Pero lo más curioso sucedió hace unos días cuando a raíz de que una amiga llamase este momento precisamente como “locura transitoria” (a su hijo también le pasa) que hice un clic y recordé los “ataques de locura” de Grizzly, mi perra (que murió hace 10 años). De repente recordé como cuando era un cachorro, todas las noches, llegaba un momento en que parecía que le daba un ataque de locura y empezaba a galopar (porque llamarle a aquello correr me parece poco) por toda la casa, a toda velocidad, del salón al comedor, al pasillo, de un lado al otro, a la cocina, al estudio… Y así estaba un minuto o dos hasta que de repente se paraba, se acostaba, y se quedaba dormida…

Entonces me di cuenta de que mi hijo no es un alienígena, es un mamífero, y que a lo mejor no a todos los niños les pasa esto, pero sí a un buen número de ellos, y si además le pasaba incluso a mi perra… ¡entonces es porque es biológico! ¡Es natural! Pero como con todo, no somos capaces de soportar lo natural… No somos capaces porque no estamos acostumbrados, porque desde pequeños se nos “enseña” en lo antinatural… Se nos enseña a reprimir emociones, a comer cuando no tenemos hambre, a dormir cuando no tenemos sueño, a sentarnos en el retrete cuando no tenemos ganas de hacer pis ni caca, a darle besos a gente a la que no queremos darle besos, a sonreír por cortesía, a sentarnos en pupitres durante horas y hacer lo que nos dice un “maestro”, a llorar cuando nadie nos ve…

Total, que después de tanto reflexionar, empecé a pensar que en vez de intentar acabar con la felicidad de los niños, deberíamos darle la vuelta a la tortilla, deberíamos ser nosotros los adultos quienes intentásemos ser más como los niños, y no intentar que fuese al contrario

Así que hoy, con este post, te invito a ser un poco más como un niño, y a hacer alguna de estas cosas (¡si las haces todas, perfecto!)

  1. Ríete, ríete y vuelve a reírte
  2. Corre hasta quedarte sin aliento, sin motivo aparente (corre por la calle, corre en el supermercado, corre en el parque, corre en tu casa…)
  3. Salta hasta que te fallen las piernas, sin motivo aparente (salta por la calle, salta en el supermercado, salta en el parque, salta en la oficina de correos, salta en casa…)
  4. Juega más, haz de todo un juego (juega en la calle, juega en el parque, juega en casa, juega en el restaurante…)
  5. Juega al escondite en el supermercado o en una tienda, ¡hay tantos sitios donde esconderse!
  6. Habla alto, lo que dices es super interesante, seguro que a los que van del otro lado de la calle y a tus vecinos también les interesará escucharlo 😉
  7. Come con las manos, siente la comida entre tus dedos antes de metértela en la boca, y si está deliciosa no te molestes en limpiarlos, ¡chúpalos!
  8. Ensúciate (coge arena con las manos, tierra, hierbas, haz una lluvia de hierbas/flores/arena/tierra/hojas/pétalos…)
  9. Salta en cada charco que encuentres en tu camino
  10. Observa insectos (¿qué hacen? ¿a dónde van? ¿transportan algo? ¿van todos juntos? ¿siguen un camino concreto o va cada uno por dónde quiere?)
  11. Juega con agua (en una fuente, en un charco, en la bañera, con la lluvia…)

 

¡Feliz semana!
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Dime qué piensas, me encantará leerte :)

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