1 año · Maternidad · Nuestra experiencia

Nuestra experiencia con el movimiento libre (o no)

bebe movimiento

Todo empezó cuando estaba embarazada. Una amiga me habló de Emi Pikler y del movimiento libre, y me encantó. En realidad ya conocía el movimiento libre, pero que ella me lo recordase cuando estaba embarazada de mi pequeña arcoíris y saber un poco más de eso, me gustó y me convenció de que era algo que quería hacer con mi niña (que no había hecho con Antek).

El día llegó, la realidad llamó a la puerta, y me vi, una vez más, poniendo a la peque en una hamaquita, en el carro (dentro de casa) y poniéndole a veces muñequitos colgando…

¿Por qué lo hice, si sabía que no quería hacerlo, si tenía una información que me había convencido para no hacerlo? Pues porque en lo que yo (y no solo yo) llamo #maternidadreal, no todo se puede hacer como nos gustaría, sino que a veces no nos queda otra que adaptarnos a las circunstancias en las que estamos y a las propias limitaciones personales que tenemos (ya sean limitaciones emocionales, físicas, logísticas, materiales o lo que sea). Me encontré con un bebé que si dejaba en el suelo tumbada y sin nada, lloraba porque se sentía abandonada; mientras que si la ponía tumbada en el carro a mi lado mientras hacía algo (sí, en casa), estaba tranquila y feliz; o si la ponía en la hamaquita, pues lo mismo, o si le ponía unos juguetes, también se entretenía… Y como no tengo a nadie que me limpie la casa, ni me haga la comida, pues en muchas ocasiones me resultaba más fácil hacer uso de estas ayudas.

Me habría gustado tumbarla en el suelo, tumbarme con ella y simplemente respetar sus ritmos… Probablemente habría podido preparar comidas super sencillas, tener la casa en plan minimalista de manera que no hiciese falta limpiar demasiado, o usado otras estrategias que me permitiesen vivir y al mismo tiempo respetar el movimiento libre… Pero no se me ocurrieron. En medio de un puerperio, de bastante soledad, en un país donde no tenemos ninguna familia cerca y con un niño de cuatro años que no estaba escolarizado, la verdad es que tiré por lo fácil…

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Durante ese primer año también pasamos por una renovación del piso que duró más de un mes y por una mudanza que duró casi un mes… No es por justificarme, pero te aseguro que no es el mejor ambiente para acompañar el movimiento libre…

¿Estoy orgullosa? No. ¿Me siento culpable? Tampoco.

Hay niños que, a pesar de que los hayan puesto en carros o hamaquitas, cuando llega el tiempo de moverse, lo hacen igual. Se dan la vuelta incluso en el capazo del carro, o mientras duermen, de repente se despiertan, se dan la vuelta, y se salen del colchón… Hay niños que ante esas cosas que se suele decir que no permiten el movimiento libre, saltan todos los obstáculos y simplemente se mueven como quieren… Hay otros niños, que se acomodan y se dejan llevar… Me parece que mi pequeña arcoíris se parece más a esta segunda clase de niños…

Y pasaba el tiempo, y no gateaba… Pero llegado un momento, nos dimos cuenta de que se sostenía muy bien sentada (no se caía) y empezamos a sentarla, a pesar de que mi idea era no sentarla hasta que ella no supiese hacerlo sola, siguiendo el movimiento libre… Pero la comida le interesaba muchísimo y yo ya llevaba más de un mes dándole de comer en mi regazo (bueno, más que dándole de comer, dejándole experimentar, porque comer comía poco, pero le encantaba coger la comida, meterla en la boca, chuparla… en fin, lo que hacía con todos los juguetes…) Esta forma de dejarle experimentar con la comida empezó a hacérseme complicada, y después de más de un mes así y viendo que se sostenía sentada ella sola, empezamos a sentarla en la trona a pesar de que mi idea, al principio, era esperar a que supiese sentarse sola…

Una tras otra, iba haciendo esas cosas que había pensado que no haría… Porque una cosa es saberse la teoría, y otra cosa es tener fuerza y voluntad para llevar una teoría a la práctica cuando estás sola la mayor parte del día con un niño de 4 años sin escolarizar y un bebé que cada día requiere más atención…

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Mi pequeña arcoíris se acostumbró a que la sentáramos, y poco a poco empezó a moverse con el culo. Pasó de gatear, y como otros tantos bebés (porque sé que no es la primera ni será la última) su movimiento se convirtió en unos movimientos de cadera, arrastrando el culo… Yo sentía pena de que no gateara, había leído tanto sobre lo bueno que es gatear… Pero no sabía ya qué hacer, porque se había acostumbrado a que la sentásemos y si la tumbábamos, lloraba… Para mí no tenía sentido tumbarla, porque para mí era más importante que mi bebé fuese feliz que seguir una teoría que sí, me convencía, pero tendría que haberla llevado de otra manera desde el principio…

Entonces llegó el día de la revisión del año (que la hicimos a los 11 meses, no sé por qué) y el médico me preguntó si se sentaba sola y dije que no porque la sentábamos nosotros, y me dijo que debería ser capaz de sentarse sola y que lo mejor sería pedir vez en un neurólogo por si tenía algún problema, que al ser un especialista no nos darían la vez inmediatamente y si de aquí al día de la cita se sentaba sola, pues se cancelaba dicha cita y ya está…

A mí la idea de llevarla al neurólogo no me gustó… Prefiero ir lo menos posible al médico con ellos. No me gusta ir por varias razones, entre ellas que muchas veces nos traemos algún regalito de la consulta (es un lugar al que van niños enfermos, es normal traerse algún virus o bacteria de recuerdo) y que suelen pasarlo mal en el médico a estas edades, así que siempre que es posible, lo evito. Por esa razón, como decía, no me gustó la idea de tener que llevarla al neurólogo… Empecé a sentirme mal, a tener ese tipo de pensamientos que llevamos las madres nos guste o no desde el día en que parimos… de sentirnos responsables (para evitar usar la palabra “culpable”) de lo que les pasa a nuestros hijos… Me sentía responsable de que mi bebé no gatease, no supiese sentarse sola… Y me sentía responsable de que tuviese que ir a un especialista por algo que no pasaba (no se sentaba) porque yo no le había permitido desarrollarse libremente en lo que se refiere al movimiento…

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Yo me sentía segura de que no había un problema de desarrollo. Mi peque no se sentaba sola, no, pero ¿cuándo iba a hacerlo? Mientras dormía estaba tumbada, cuando se despertaba, la cogíamos y la sentábamos. ¿Cuándo se iba a sentar ella sola? ¿Mientras dormía? Además ella no gateaba y los bebés aprenden a sentarse solos después de aprender a gatear. Primero gatean, luego es cuando llega ese momento en que después de gatear echan el culo hacia atrás y se sientan. Me parecía muy obvio que la razón por la que no se sentaba era esa. Yo no veía la necesidad de llevarla a un especialista

Y mientras el tiempo pasaba, y seguía sin sentarse sola, la observaba y veía como, a pesar de haber “roto” el orden natural de desarrollo que habría seguido si yo no la hubiese sentado, ella también iba desarrollándose, evolucionando a su manera… Veía cómo se acercaba culeando sentada en un colchón en el suelo hasta el borde, estaba un buen rato sentada con los pies tocando el suelo, se echaba hacia delante, tocaba el suelo con las manos, se erguía, volvía a tocarlo, una y otra vez, como si buscara una forma diferente de bajar… No se sentía cómoda, o segura, y decidía bajar como lo hacía siempre. Deslizaba el culo y… ¡pum! Abajo. La veía echarse hacia adelante, como queriendo gatear, pero sin acabar de convencerle la postura. La veía ponerse de rodillas al acercarse a una caja o al colchón y volver a la posición sentada. Veía como esa posición iba evolucionando también, como las primeras veces estaba de rodillas con el culo apoyado, pero luego ya tenía el culo erguido, a veces apoyaba un pie como si estuviera pensando si ponerse de pie… Pero no se decidía, y volvía a ponerse de rodillas…

Había desarrollo. Yo lo veía. No veía nada raro. Mi instinto no me había encendido ninguna lucecita roja. ¿Por qué, entonces, llevarla a un especialista? ¿Era posible que mi instinto estuviese tan atrofiado?

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Hice un breve vídeo de sus movimientos, cuando se ponía de rodillas, se incorporaba, se volvía a sentar… Y en la siguiente consulta, un mes después, se lo enseñé al médico… “Debería poder sentarse sola. Eso no es suficiente. Hay que llevarla al especialista“.

Llegué a casa sintiéndome bastante chof… Preguntándome si de verdad podía estar equivocándome al pensar que ella estaba bien, al no creerme que había un problema… Mi instinto me decía que no había nada, que estaba bien, que simplemente no lo hacía porque habíamos interrumpido su desarrollo natural… Habíamos sido nosotros quienes “habíamos metido la pata”, no ella la que no se había desarrollado bien…

Y en estas estaba, sintiéndome un poco chof, cuando decidí darle una oportunidad, darnos una oportunidad. Cogí a mi bebé y la tumbé en la cama. Empezó a llorar. Me tumbé a su lado, le hablé con voz suave, le expliqué por qué la había tumbado, le seguía hablando con calma, con una sonrisa, bromeé, hice tonterías, empezó a reírse y a relajarse, a patalear… Después de mucho tiempo, mucho tiempo tumbada boca arriba, quizá esperando a que llegase el momento en que me cansase de estar ahí tumbada con ella, me levantase y la cogiese, parece que decidió que ya estaba cansada de estar así y que no iba a seguir esperando por mí… Sin más miramientos y sin ningún esfuerzo, se dio la vuelta, se puso boca abajo, se levantó con los brazos, levantó el culo, se echó hacia atrás y se sentó.

Empecé a reírme y a llorar al mismo tiempo. Mitad alivio y mitad alegría. No solo porque no tenía que ir a ningún especialista, sino también por descubrir que mi instinto no se equivocaba, no estaba atrofiado: mi peque podía, claro que podía, claro que se estaba desarrollando bien, claro que no había ningún problema. Yo lo veía, yo lo sabía.

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Entiendo que los médicos tengan que pedir ciertas cosas, ellos no están todo el día con los niños, no pueden observarlos y decir si hay un problema o no. Tienen que fijarse en datos más objetivos, en preguntas típicas, en gráficos, en lo que suelen hacer a cierta edad… Muchas veces es mejor curarse en salud, ir a un especialista y descartar que haya algún problema…

Pero reconozco que haberme sentido tranquila, haber confiado en ella, haber sabido ver que ella podía, no haber sentido que podía haber un problema, haber sentido ese instinto con tanta fuerza y haber comprobado que mi instinto no me engañaba, ha sido un regalo maravilloso. Yo sé que tengo el instinto un poco atrofiado, pero me alegro mucho de ver cómo poco a poco lo voy recuperando, lo voy sintiendo, y voy confiando más y más en él…

Dime qué piensas, me encantará leerte :)

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